Hibana

10 de octubre de 2016

No soy muy aficionado al Manga ni a Murakami pero siento fascinación por Japón. Mucha. Viene de lejos. Se amplificó cuando vi Lost in Traslation pero se quedó clavada definitivamente cuando tuve la oportunidad de recorrer el país durante algunas semanas. Me fascina su forma de comportarse, su percepción de las cosas, sus rutinas, su comida, su música Pop (J-Pop, lo llaman ellos) y todos esos aspectos de esa cultura que, al ser tan diferentes a lo que conocemos, catalogamos de rara. Algunas de esas peculiaridades no me gustan realmente pero me fascinan del mismo modo. 

Creo que hay que estar en una situación parecida para sentarse voluntariamente a ver Hibana, la serie de televisión de Netflix. Hay que tener además el tiempo y la paciencia para pararse a buscar en internet lo que no se ha entendido en cada capítulo y tratar así de encontrar el sentido y la gracia de unos personajes que aparentemente no la tienen. Por qué se ríen cuando tú no lo haces. Por qué parecen estatuas de acero cuando deberían estar mostrando su furia, su pena o su amor. 

No es una serie que recomendaría a un desconocido pero la he visto entera y con cariño. Y no es por esas postales de Tokyo tan bonitas ni esos silencios tan extraños sino por haberme hecho recordar esos años mágicos en los que descubrir al autor de una canción desconocida era una aventura maravillosa. 

Puede sonar carca pero creo sinceramente que los nuevos tiempos se han cargado la magia que existía alrededor de la música grabada. Hoy puedes escuchar un disco en tu casa antes de que esté publicado. A veces incluso de forma legal. No tiene ya sentido esperar a tener un soporte físico que contenga un álbum porque ni siquiera tiene sentido ya para casi nadie tener un soporte físico. Hoy la emoción de los “imbéciles” que seguimos comprando discos es puramente nostálgica. Somos conscientes de que ya no es "rentable" ni "lógico" pero lo seguimos haciendo por puro orgullo y a pesar de una sociedad que se ríe de nosotros por hacerlo. 

Hace años necesitabas meses (y talento) para descubrir el autor y el nombre de una canción que te llamaba la atención cuando la escuchabas en la tele. Hoy basta apretar el botón de Shazam para tenerlo todo en un segundo. 

Salvo que el artista sea japonés. 

Viendo el final del primer capítulo de Hibana empezó a sonar una de esas canciones que, si tienes la guardia bajada, se te cuelan hasta dentro. Paré la reproducción, rebobiné, lo puse de nuevo y activé la aplicación de Shazam. Salió en la pantalla de mi móvil, claro que salió, pero en japonés. Tenía los Kanji que representaban el nombre del artista en esa escritura pero no me decían nada. No me valían de mucho.

Copié aquella ristra de dibujos y los pegué en Spotify. Nada. Hice lo mismo en YouTube y sólo aparecían algunos tipos anónimos que tocaban esa canción en su casa. No era la original. Lo puse en Google y conseguí ver una foto del que sí parecía ser el verdadero cantante pero volvía a estar rodeado de ideogramas indescifrables. Los links que encontraba por el camino no me llevaban a ningún sitio. Me paré pensar y acabé haciendo algo que tenía que haber hecho desde el principio. Pasar los símbolos Kanji a Romaji, que no es otra cosa que el mismo idioma japonés pero escrito con caracteres latinos. Internet puede hacer esas cosas, sí. 

Kazuyoshi Saito (斉藤和義). Ese era el nombre del artista. Un artista que “sólo” tiene quince discos de estudio y cientos de otras grabaciones publicadas. Ponte a buscar ahí una canción de la que sólo tienes el nombre escrito en Kanji: 空に星が綺麗~悲しい吉祥寺 

Pero lo hice. Y la encontré. También el disco en el que estaba. Encontré incluso un lugar en el que comprármelo y ya lo tengo en casa. 

La canción se llama Sora ni Hoshi ga Kirei (Hermoso cielo de estrellas o algo así). 

Me encanta.

¿Estaría escuchándola ahora (o escribiendo esto) de no haber tardado horas en dar con ella?

Lo dudo.




空に星が綺麗 ~悲しい吉祥寺~  斉藤和義 por gaja53