Los dioses debe estar locos

20 de mayo de 2011

En los años 80 se hizo muy popular una película sudafricana de bajo presupuesto que se titulaba “Los Dioses deben estar locos” y en la que una avioneta que sobrevolaba una parte inhóspita de la selva africana deja caer por casualidad una botella de Coca-Cola en una zona ocupada por una tribu que nunca había tenido contacto por la civilización. Los desconcertados bosquimanos reciben el artefacto con desconcierto. Sin saber lo que es, para qué sirve o de dónde ha venido, asimilan el objeto ajeno según sus propias referencias. La botella sufrirá todo tipo de usos exceptuando aquel para el que fue diseñado en una desternillante sucesión de escenas cómicas. Por supuesto también el elemento ajeno provocará las luchas y disputas entre los habitantes de la comunidad cerrada por controlar y poseer el objeto primero, para darle el uso que cada uno considera apropiado después. El final, es obvio. La cerrada comunidad no es capaz de aceptar nada del exterior y acaba por llevar la botella al límite de lo “conocido” para olvidarse de ella.

Los españoles a pie de calle llevamos unos cuantos días observando un remake de tan exitosa película unos cuantos años después. El heterogéneo, líquido y descabezado (pero también numeroso, sólido y real) movimiento por una Democracia Real ha caído como una botella de Coca-Cola en la comunidad de Bosquimanos que es este Sistema. Esa homogénea y asfixiante comunidad conformada por los partidos políticos que se alternan en el poder, los poderes que estos controlan (ejecutivo, legislativo y judicial), las instituciones que también controlan (todas las “oficiales”). Los ciudadanos que pastan en su alfalfa, los medios de comunicación que también controlan, las grandes corporaciones que a su vez controlan a los partidos políticos y sobrevolándolo todo el puñado de familias multimillonarias que casi desde épocas medievales controlan este país. Una comunidad cerrada a la que es imposible acceder de forma gratuita y cuyo ingreso puede únicamente llevarse a cabo siguiendo un estricto protocolo, adoptando una de las personalidades que el propio sistema te adjudica y siguiendo escrupulosamente un procedimiento inamovible.

El movimiento civil a favor de algo que suena a Perogrullo para cualquiera que posea el bachillerato (y para el que no lo posea) ha caído como una botella de Coca-Cola en mitad de este grupo de poderosos que hacen girar el planeta tierra pero que no saben lo que es y para qué sirve una botella de Coca-Cola porque son incapaces de entender que pueda existir civilización inteligente, sensata y democrática más allá del irrespirable bosque en el que ellos viven. Un bosque en el que, a pesar de lo que ellos dicen o creen, no hay bosquimanos buenos o malos. Sólo hay bosquimanos que desde fuera, desde los que nos sentimos marginados al margen, aparecen todos iguales. Igual de soberbios, igual de altaneros, igual de ridículos, igual de vacíos, igual de falsos, igual de mentirosos e igual de desorientados. Las acciones de todos ellos aparecen verdaderamente ridículas a ojos de las personas normales que lo observan desde su butaca.

Es ridículo que un tal Tomás Gómez pretenda acudir a la propia concentración (en realidad Tomás Gómez es ridículo per se), es ridículo que una tal Esperanza Aguirre no entienda que la concentración no se hace en la puerta del gobierno de la comunidad sino en el centro de Madrid (el centro de España), es verdaderamente ridículo escuchar a Zapatero diciendo que entiende “el descontento” siendo él uno de los principales artífices del actual Status Quo y siendo el paradigma de los que se está criticando y es ridículo que Rajoy diga que el descontento se cura cambiando de gobierno y poniendo el suyo cuando todos sabemos lo que ha hecho ya dentro y fuera de ese mismo gobierno. Ninguno se ha enterado de nada. Es ridículo pero al fin y al cabo son bosquimanos. No conocen otra cosa.

Pero más ridículas todavía si cabe son las escenas protagonizadas por los llamados medios de comunicación que elevan la estupidez del esperpento que protagonizan a diario hasta niveles que no conocen límite. A uno y otro lado de esa línea de trazo grueso que se han inventado y que no existe. Desde los visionarios que encuentran vasos comunicantes con la doctrina etarra o las maquiavélica secta Rubalcabista hasta los sectarios aupados en una soberbia, excluyente y caducada ética de izquierdas (mentira) que ciegos ante las evidentes atrocidades de esa estafa llamada PSOE culpan al PP hasta del terremoto de Japón.

Ridícula es esa busca desesperada de los periodistas por etiquetar y encontrar una camiseta que ajuste perfectamente a un ente que desconocen pero que desprecian de antemano y no se molestan por conocer. Una búsqueda errática ante el miedo provocado por algo que no pueden comprobar ¿jóvenes?, ¿parados? ¿antisistema? ¿Ultraizquierditas? Me temo que no es tan fácil. Son los problemas que tiene el intentar regirse atendiendo a un estricto pero pobrísimo código binario que no acepta más opciones. Más que ridícula resulta patética la displicencia con la que los gurus de las emisoras de elite hablan manejando sin talento el almidonado pero fermentado discurso que utilizarón con éxito en los albores de este invento que ahora resulta podrido.

Voto consecuente es no votar, voto consecuente es votar nulo pero voto consecuente es sobre todo no votar ni a PP ni a PSOE. Entérense padres de la patria oficial y sus oficiales representantes. Es muy sencillo. Como escuché ayer no es una cuestión de izquierda o derecha. Es una cuestión de arriba o abajo.