Bendita sencillez

30 de mayo de 2011

Billy Wilder decía tener diez mandamientos que regían su carrera en el arte del celuloide. Los 9 primeros eran el mismo: no aburrir. El décimo era tener derecho al montaje final de la película. Billy Wilder fue y sigue siendo uno de los reyes indiscutibles de la comedia y también era un defensor de la televisión, un artefacto que nació con la noble misión de entretener. Billy Wilder tenía un gran respeto por el humor y por ello lo mostraba siempre limpio de zafiedad y perfumado en talento obsequiando en el camino a la humanidad con un legado portentoso. Lo que en apariencia es simple no tiene que serlo en realidad.

La comedia es de hecho un genero consustancial con el tubo de rayos catódicos pero el torrente de artefactos disfrazados de comedia que han aparecido y aparecen por la pequeña pantalla es incontable y no siempre vienen vestidos en talento, limpios de zafiedad o lo que es peor con la mínima dosis imprescindible de estilo y genio. Desde que se puso de moda el formato de “veintipocos” minutos como traje oficial para dar forma a las series eminentemente cómicas (de situación o no) el nivel de nuevos productos que aparecen ante nuestros ojos es casi arrollador. Es tan arrollador que servidor se ve obligado a hacer algo que detesta como es seleccionar a priori sin poder elegir con argumentos personales y dejándose llevar por el instinto o lo que es peor, haciendo caso de alguna recomendación.

Una de esas recomendaciones, de una voz tan anónima para el mundo como autorizada para el que escribe, me llevo el año pasado a tener en la rampa de salida una serie que decía llamarse “Modern Family”. Debo confesar que mi afición por las series de televisión es extrema en el caso de creaciones elegantes de corte dramático (ya me entienden, HBO, AMC y sucedáneos) y aunque también veo (en algunos casos con mucha intensidad) muchas comedias puede que debido a la gran oferta que existe me suele costar más el que alguna nueva atraviese mi rocosa epidermis. Por todo ello mis ganas de iniciar una nueva aventura televisiva no fueron muy intensas cuando encima me dijeron que la tal “Modern Family” versaba sobre tres familias que vienen de la misma, una de ellas de formato tradicional, otra formada por una pareja de gays que tienen una niña oriental adoptada y la tercera con el padre de las otras dos casado con una jovencita y despampanante latina. Más de lo mismo pensé entonces. Craso e inmenso error.

Gracias a la insistencia de mi anónimo amigo pude sobreponerme a estos estúpidos prejuicios que manejaba y aunque con reparos me zambullí de lleno en la creación de la FOX que emite ABC. ¡Y menos mal que lo hice! Sé que la serie despierta críticas encendidas que no entienden el éxito de la misma pero francamente ninguna logra convencerme. Según mi modesto criterio (obvio) Modern Family, incluida su segunda temporada que acaba de concluir, es una auténtica delicia que la sitúa entre las mejores en antena. Tras la aparente sencillez y almibarado formato se esconde mucho ingenio, un ritmo endiablado inusual en productos de amable fondo y forma, muchas dosis de irreverente ironía (quizás ese sea el problema) y una estupenda ensalada de talento. Talento en el rodaje con falsísimo e increíble documental que nadie se cree pero que es técnicamente soberbio. Talento en el guión dónde de nuevo los americanos nos dan un ejemplo (y una lección) de cómo escribir sobre estereotipos familiares con originalidad y elegancia, trasgrediendo lo obvio sin recurrir a la zafiedad ni al histrionismo, sacando el jugo a las particularidades de cada personaje y sobre todo de cómo meter el dedo en la llama sin solemnidades, bordeando lo políticamente correcto, con amabilidad y sobe todo con humor. Talento en unos actores en estado de gracia cuya adaptación al personaje es tal y con tantas posibilidades que hacen del resultado una verdadera serie coral.

Es imposible decir quién es el protagonista de Modern Family. Como clara referencia en público y crítica aparece el excelente papel de Sofía Vergara que por cierto es de obligado cumplimiento ver en su formato original. Si normalmente es un error ver una serie doblada en el caso de Modern Family el delito debería estar recogido en el código civil. Esa impagable forma de hablar inglés de “Gloria” es IMPRESCINDIBLE para disfrutar del personaje. Pero si el personaje de Gloria es el más evidente yo me quedo sin desmerecer a nadie (especialmente a Julie Bowen de la que me enamoré a la vez que Ed Stevens) con Cam y Phil Dunphy. El primero vistiendo como nadie ese papel de gay estereotipado pero a la vez único (y genial), el segundo en la piel del padre ingenuo, bromista y guay que no sabes si alejarte de él o llevártelo para siempre en el bolsillo.

En un género tan manido pero a la vez tan difícil como el de la comedia en televisión es cada vez más difícil encontrar cosas originales que dentro de su simpleza estén tan bien hechas que todo el talento que existe detrás pase casi desapercibido. Eso es Modern Family. Un ramillete de actores geniales, al servicio de un gran guión y que dan vida a una familia bizarra e histriónica disfrazada de presunta normalidad. Un tema manido dando forma a un universo que no lo es.

Los dioses debe estar locos

20 de mayo de 2011

En los años 80 se hizo muy popular una película sudafricana de bajo presupuesto que se titulaba “Los Dioses deben estar locos” y en la que una avioneta que sobrevolaba una parte inhóspita de la selva africana deja caer por casualidad una botella de Coca-Cola en una zona ocupada por una tribu que nunca había tenido contacto por la civilización. Los desconcertados bosquimanos reciben el artefacto con desconcierto. Sin saber lo que es, para qué sirve o de dónde ha venido, asimilan el objeto ajeno según sus propias referencias. La botella sufrirá todo tipo de usos exceptuando aquel para el que fue diseñado en una desternillante sucesión de escenas cómicas. Por supuesto también el elemento ajeno provocará las luchas y disputas entre los habitantes de la comunidad cerrada por controlar y poseer el objeto primero, para darle el uso que cada uno considera apropiado después. El final, es obvio. La cerrada comunidad no es capaz de aceptar nada del exterior y acaba por llevar la botella al límite de lo “conocido” para olvidarse de ella.

Los españoles a pie de calle llevamos unos cuantos días observando un remake de tan exitosa película unos cuantos años después. El heterogéneo, líquido y descabezado (pero también numeroso, sólido y real) movimiento por una Democracia Real ha caído como una botella de Coca-Cola en la comunidad de Bosquimanos que es este Sistema. Esa homogénea y asfixiante comunidad conformada por los partidos políticos que se alternan en el poder, los poderes que estos controlan (ejecutivo, legislativo y judicial), las instituciones que también controlan (todas las “oficiales”). Los ciudadanos que pastan en su alfalfa, los medios de comunicación que también controlan, las grandes corporaciones que a su vez controlan a los partidos políticos y sobrevolándolo todo el puñado de familias multimillonarias que casi desde épocas medievales controlan este país. Una comunidad cerrada a la que es imposible acceder de forma gratuita y cuyo ingreso puede únicamente llevarse a cabo siguiendo un estricto protocolo, adoptando una de las personalidades que el propio sistema te adjudica y siguiendo escrupulosamente un procedimiento inamovible.

El movimiento civil a favor de algo que suena a Perogrullo para cualquiera que posea el bachillerato (y para el que no lo posea) ha caído como una botella de Coca-Cola en mitad de este grupo de poderosos que hacen girar el planeta tierra pero que no saben lo que es y para qué sirve una botella de Coca-Cola porque son incapaces de entender que pueda existir civilización inteligente, sensata y democrática más allá del irrespirable bosque en el que ellos viven. Un bosque en el que, a pesar de lo que ellos dicen o creen, no hay bosquimanos buenos o malos. Sólo hay bosquimanos que desde fuera, desde los que nos sentimos marginados al margen, aparecen todos iguales. Igual de soberbios, igual de altaneros, igual de ridículos, igual de vacíos, igual de falsos, igual de mentirosos e igual de desorientados. Las acciones de todos ellos aparecen verdaderamente ridículas a ojos de las personas normales que lo observan desde su butaca.

Es ridículo que un tal Tomás Gómez pretenda acudir a la propia concentración (en realidad Tomás Gómez es ridículo per se), es ridículo que una tal Esperanza Aguirre no entienda que la concentración no se hace en la puerta del gobierno de la comunidad sino en el centro de Madrid (el centro de España), es verdaderamente ridículo escuchar a Zapatero diciendo que entiende “el descontento” siendo él uno de los principales artífices del actual Status Quo y siendo el paradigma de los que se está criticando y es ridículo que Rajoy diga que el descontento se cura cambiando de gobierno y poniendo el suyo cuando todos sabemos lo que ha hecho ya dentro y fuera de ese mismo gobierno. Ninguno se ha enterado de nada. Es ridículo pero al fin y al cabo son bosquimanos. No conocen otra cosa.

Pero más ridículas todavía si cabe son las escenas protagonizadas por los llamados medios de comunicación que elevan la estupidez del esperpento que protagonizan a diario hasta niveles que no conocen límite. A uno y otro lado de esa línea de trazo grueso que se han inventado y que no existe. Desde los visionarios que encuentran vasos comunicantes con la doctrina etarra o las maquiavélica secta Rubalcabista hasta los sectarios aupados en una soberbia, excluyente y caducada ética de izquierdas (mentira) que ciegos ante las evidentes atrocidades de esa estafa llamada PSOE culpan al PP hasta del terremoto de Japón.

Ridícula es esa busca desesperada de los periodistas por etiquetar y encontrar una camiseta que ajuste perfectamente a un ente que desconocen pero que desprecian de antemano y no se molestan por conocer. Una búsqueda errática ante el miedo provocado por algo que no pueden comprobar ¿jóvenes?, ¿parados? ¿antisistema? ¿Ultraizquierditas? Me temo que no es tan fácil. Son los problemas que tiene el intentar regirse atendiendo a un estricto pero pobrísimo código binario que no acepta más opciones. Más que ridícula resulta patética la displicencia con la que los gurus de las emisoras de elite hablan manejando sin talento el almidonado pero fermentado discurso que utilizarón con éxito en los albores de este invento que ahora resulta podrido.

Voto consecuente es no votar, voto consecuente es votar nulo pero voto consecuente es sobre todo no votar ni a PP ni a PSOE. Entérense padres de la patria oficial y sus oficiales representantes. Es muy sencillo. Como escuché ayer no es una cuestión de izquierda o derecha. Es una cuestión de arriba o abajo. 

A ninguno de los anteriores

17 de mayo de 2011

Ustedes al igual que un servidor supongo que se encontrarán ahora mismo inmersos en ese periodo incómodo, denigrante y casposo que comúnmente se denomina campaña electoral. Si, ya saben, esas semanas en las que los políticos oficiales se dedican a sonreír sin pudor, a pretender ser tipos normales apareciendo como personajes de Bienvenido Mister Marshall, a rebuznar estupideces infectadas en demagógica mentira cada vez que tienen un micrófono y/o cámara delante y a pegarse viajes por la geografía local, todo ello costeados a través de dinero “limpio” que sin embargo nunca está claro de dónde sale.

Si ya saben, esas semanas en las que tenemos que enfocar la vista para reconocer colgadas de las farolas las fotos impunemente retocadas de los representantes de la ciudadanía que cuatro días antes no atendían llamadas ni aparecían por ningún sitio más allá de los oficiales. Si, esas semanas en las que por las calles se regalan marcadores de página conmemorativos a personas que no tienen la costumbre de leer, se reparten panfletos informativos de bonitos colores que aparte de eslóganes futbolísticos y las mismas fotos retocadas no informan de nada a gente que tampoco quiere ser informada y en el que se escuchan soflamas estúpidas diseñadas para tipos que tienen la costumbre de aplaudir y no escuchar.

En fin, es la fiesta de la democracia que tan bien cacarean algunos y tan buenos réditos les reporta a otros. Desde luego no seré yo quien acabe con esta farsa que nos venden (¡Dios me libre!) ni el que pretenda quemarse a lo bonzo de la imparable marea de “demócratas” que inundan prensa, emiciclos, plazas de toros y colegios electorales. Ni siquiera lo pretendo pero eso si, permítanme evitar en lo posible tomarme en serio a tipos que viven de engañarme.

No sé sin embargo si será mi naturaleza outsider o que la miopía externa se traslada a una especie de miopía interna que impone en mi cerebro una realidad que no es tal pero uno tiene la sensación últimamente de que el nivel de hartazgo en la gente de mi entorno es realmente significativo. No son una ni dos las voces he escuchado en contra de un sistema caduco, corrupto y corrompido dejando entrever una acción democrática en contra de la democracia. Otra cosa es lo que luego haga cada uno, que a tenor de las encuestas parece que estarán más cerca de los postulados filibusteros de sus políticos que de sus propias palabras. Es decir, que dirán una cosa y harán otra.

No obstante si algún desencantado decide hacer un acto de protesta votando en blanco permítame informarle que estará haciendo el canelo porque beneficiará precisamente a aquel que quiere castigar, a los partidos mayoritarios. Es mucho más útil para protestar votar a una opción minoritaria, votar nulo o no votar que votar en blanco. Me explico:

Por centrarme en la Comunidad de Madrid (aunque las demás instituciones funcionan igual), la Ley 11/1986, de 16 de diciembre, Electoral de la Comunidad de Madrid en su capítulo VII, Artículo 18, punto 2 dice literalmente que “Para la distribución de escaños sólo serán tenidas en cuenta las listas que hubieran obtenido, al menos, el 5 por 100 de los sufragios válidamente emitidos”. Tenga el lector en cuenta que un voto en blanco es un voto “válidamente emitido”. Es decir, si un millón de personas votan correctamente pero 17500 lo hacen en blanco (1,75% porcentaje real en las últimas autonómicas de 2007) resulta que cualquier partido necesita al menos 50000 votos para tener representación.

Imaginen que al Partido Nacionalista de Tontolabalandia (el PNT) obtiene 49500 votos. Bien, como no llega al mínimo del 5% por ciento no puede tener representación y por tanto no entra en el reparto según la ley d’hont.

Imaginen que los votantes en blanco votan todos al PNT. El PNT obtiene más del 5% necesario.

Imaginen que los votantes en blanco no votan o lo hacen nulo. El total de votos válidos sería ahora 982500 cuyo 5% es 49125 votos. De nuevo el PNT llega a ese 5%.

Cuanto menos gente vote mejor para las opciones minoritarias.

Evidentemente no encontrarás nada de esto en ninguno de los panfletos electorales ni en ninguna de las encendidas tertulias ni en ningún entendido análisis de los presuntos expertos pero no por ello deja de ser verdad. En cualquier caso no es opinión. Son matemáticas aplicadas a la ley de vigente. Así de simple. Recuérdalo la próxima vez que metas una papeleta en blanca en el sobre.



¿Quién es Bin Laden?

3 de mayo de 2011

Se comenta que Hitler dijo una vez que si los judíos no hubiesen existido tendría que haberlos inventado. Los humanos somos así, necesitamos referencias. Tener claro cuál es el norte y cuál es el sur. Los bebés que no duermen con la cabeza pegada a la cuna se encuentran desorientados. Los poderes económicos disfrazados de poderes militares también, así que necesitan tener claro quién es considerado amigo y quién es enemigo. Da igual si lo son realmente o no. Da igual si a mitad de partido se cambian la camiseta, lo importante es que alguien lleve la camiseta y que ésta sea visible.

En el caso del paradigma de la civilización occidental a la que todos tendemos, la norteamericana, el tema de la simplicidad de símbolos es todavía más importante. Es lógico pensar que una red internacional tan poderosa como Al-Qaeda, capaz de lo que ha sido capaz, es realmente un monstruo difícil de individualizar. Como los mercados de Wall Street, la fe cristiana o la democracia francesa son entidades poderosas que transcienden a sus creadores pero los siempre simplificadores americanos (y nosotros sus huestes) no estamos en esa línea. Osama Bin Laden encarnó en su constreñido cuerpo físico la representación del mal y todos los males. En toda su pureza. Osama Bin Laden, un tipo del que jamás leímos más que a través de interpretaciones, jamás escuchamos directamente y al que jamás vimos más allá de unos pésimos vídeos de guerrilleros que dormían en la montaña, era y es la encarnación del mal.

Eso si, el ajado tipo de opípara pelambrera que vivía escondido en el más recóndito del más recóndito de los desiertos, que comía las raíces del desierto, dormía de pie sobre piedras calizas a la intemperie de los fríos resulta que estaba viviendo como Dios en una urbanización de lujo con Digital +, piscina y damas de compañía oficializadas a esposas.

La “lícita” lucha contra el terrorismo islámico no consistió a partir de entonces en tratar de entender y/o controlar los flujos económicos entre los musulmanes “buenos” y los “malos” o el fenómeno que se da por ejemplo en los barrios de Qatif en Arabia Saudita dónde los impetuosos jóvenes quieren liderar y lideran la inteligencia de la organización o en los hervideros de “guerreros” tan fáciles de encontrar en Pakistan o Palestina. No, el objetivo era cargarse a Bin Landen como así ha acabado ocurriendo para algarabía desacomplejada de los ciudadanos norteamericanos. ¡Qué bien conocen los políticos del Tío Sam a sus gentes!

Entrando a sangre y fuego en un país extranjero, cargándose a los que estaban allí dentro y tirando después los despojos al mar. Así es como lo hacen las cosas los demócratas a diferencia de los terroristas. Eso si, la misión contra el mal por lo menos ha servido para que servidor aprenda un nuevo eufemismo que desconocía: ejecución extrajudicial. Pudiendo decir asesinato “justificado” también son ganas de complicarse.

Un señor que apareció cuando la economía de Bush se marchaba por el retrete y que indirectamente sirvió para reconducirla, desaparece ahora que la popularidad de Obama marchaba por el mismo camino para también indirectamente, claro, para reconducirla por la buena vía. Curioso.

No seré yo, un inocente y atribulado tontolaba que vive en tontolabalandia, quien ponga en duda nada de la versión oficial pero está claro que si Bin Laden no hubiera existido tendríamos que haberlo inventado.