As usual...
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Top 10 (2010)
31 de diciembre de 2010
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milno brion
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Piratas con corbata, ladrones ingenuos.
23 de diciembre de 2010
La ley Sinde era muy mala sí, pero me temo que el debate no era (ni es) la ley Sinde. Reconozco que la ley Sinde estaba demasiado perfumada y barnizada por el lobby mafioso en torno a los millonarios de la SGAE, que se han apropiado del concepto cultura como para que alguien con un mínimo de vergüenza pudiera sumarse a favor del carro, pero me temo que la no-ley es bastante peor que la ley. La SGAE sólo representa a la SGAE (y no a los “creadores”) y se me abren las carnes cada vez que pretenden monopolizar el concepto de creación pero me da incluso más pavor que los delincuentes de internet digan actuar a favor de la cultura. España, con su SGAE, sus piratas, sus políticos y sus gentes, da asco.
Por alguna razón que quizás debiéramos ir a buscar en novelas clásicas como el Lazarillo de Tormés o el Buscón, que tan bien reflejan el sentir patrio, las gentes de este país que sacan pecho cuando se cuelan en cualquier fila y se quedan con las vueltas cuando el cambio está equivocado, han decidido también que los artistas, los creadores, los seres humanos que a través de talento deciden traer algo a este mundo que antes no existía no sólo no pueden recibir beneficio alguno por el resultado de su obra sino que ni siquiera tienen ningún derecho sobre ella. Resulta bochornoso y humillante ver ladrar en las tertulias a tipos de cerebro caducado y caradura inmensa, como el tal Sádaba por ejemplo, cuestionando en base a no sé qué metáfora de la estupidez (que por supuesto ni siquiera pretende argumentar), la existencia de la propiedad intelectual. Deleznable actitud especialmente cuando viene de un ser que vive y ha vivido de ello. Lo dice ahora, claro, con el culo caliente en las sillas de las emisoras que le pagan por ladrar (¿por qué cobra por ello entonces querido erudito?). Es como si yo defiendo que la carrera de Ingeniero de Industrial debería ser de 400 años después de que yo la he sacado en 6. Genial, así hasta dentro de 400 años no tengo competencia. ¿De qué hubiese vivido usted señor Sádaba si esta moda de vender que el talento no es patrimonio de nadie y por supuesto debe ser gratuito, hubiese aparecido en esos años en los que todavía le funcionaba el cerebro?. Lo mismo hoy tendría que levantarse a las 7 de la mañana y ponerse una corbata.
El debate es tan sencillo que no debería existir debate. En este país de ladrones neoliberales en el que nos hemos convertido parece que nadie pone en duda la propiedad privada. Todo el mundo entiende que el propietario de una huerta pueda vender sus tomates, que el trabajador que aporta su talento para la contabilidad en una multinacional reciba una nómina a final de mes, que los coches de cierta marca valgan 1000 veces más que la suma del valor individual de sus piezas o que el precio de las viviendas no responda al coste real de fabricación, unido al derecho constitucional a la vivienda, sino a las especulativas vicisitudes del mercado. Nadie se lo cuestiona pero con la misma tranquilidad la comunidad pirata decide unilateralmente que la obra de un músico, un escritor o un cineasta no vale nada. No vale nada económicamente, porque así lo han decido un tercero, pero que algo debe valer cuando el iletrado pirata, en pos de la cultura, decide tomarla gratis sin consentimiento de su dueño (¿desde cuándo el autor de una canción es el dueño de esa canción?) para disfrute no sólo particular sino en ocasiones colectivo, obteniendo también llegado el caso un dinerito por la publicidad que pone en su altruista “ágora” de internet. Total, si solamente es cultura. ¡Cuánta hipocresía y yo tan solo!
El día que los tomates sean gratis, los trabajadores trabajen por amor al arte, los coches deportivos sean de uso público gratuito y las viviendas no cuesten nada empezaré a tomar en serio a filósofos de pacotilla, pintores amamantados en los dineros de papá, al colectivo de intelectuales cibernéticos y demás demagogos de la ética podrida. No hay debate. El autor tiene el derecho a vivir de su talento y cualquiera tiene el derecho a despreciarlo, a no comprarlo o a ignorarlo pero no a robarlo miserablemente. Todo lo demás es o secundario o mentira disfrazada de apestoso perfume a pseudolibertinaje.
Y no me hablen de los precios de los discos, de las discográficas, de los intermediarios, de lo que cuesta el plástico del CD porque todo eso son milongas. Usted no piratea por la defensa del espíritu de Robin Hood sino que lo hace porque una cosa que LE INTERESA y que legalmente le cuesta 15€ la puede conseguir gratis. Qué importa que sea ilegal. Ya estoy yo para decir que no lo es. Total, si no existe una ley que lo regule. El problema no es que cueste 15€ o quien recibe esos 15€, el problema es que usted ha decidido unilateralmente que no los va a pagar.
Y no me hable de difusión cultural porque resulta que los artículos más descargados son precisamente las mismas putas mierdas que encabezan las listas oficiales de superventas. El talentoso muchacho sin amigos que monta una banda en su garaje y que, él precisamente si, cuelga su música en internet para que tú te la bajes resulta que se sigue comiendo los mocos porque ni tú te la bajas ni nadie lo hace, pero no porque sea malo sino porque nadie lo conoce. La diferencia es que antes alguien podría editarle un disco y tratar de difundirlo pero hoy nadie se atreve. ¿Para qué?. La pobre gente del grupo ni sabe cómo se hace ni tiene dinero para hacerlo (porque las canciones grabadas en contra de lo que alguno piensa no crecen en el campo). “Que viva de los conciertos” dirá algún anormal con parche en el ojo. ¿Quién va a contratar para actuar a un grupo que no conoce nadie querido estúpido? Debería observar el mencionado tocapelotas además que gracias a internet hoy en día hemos pasado a la coyuntura de que los grupos nuevos tienen que pagar a las salas para dar conciertos (vete a comprobarlo, majete). El mundo al revés. “Que ponga su música en Spotify, que es el futuro” me dirá otro impertérrito gilipollas. ¿Quién te dice querido cretino que no está allí ya? ¿Has ido tú a comprobarlo? Claro, cómo no sabes quién es. ¿Cómo podrías conocerlo si nadie le ha editado un disco, ni puede tocar en directo? Pero es más, ¿Sabes lo que cobra por ponerlo en Spotify? ¿Y si te digo que no cobra nada? ¿Y si te digo que la tendencia es a incluso tener que pagar para poner tu música en Spotify?
El artista es un animal en extinción en este país de ladrones (afortunadamente no ocurre lo mismo en otros países verdaderamente civilizados). En una vuelta de tuerca digna de fariseos vamos a llegar al punto en el que solamente van a poder dedicarse al arte (en cualquiera de sus facetas) los niños de papá o aquellos ingenuos sujetos a un altruista mecenazgo (que nunca es altruista). Aquellos que tienen cama y comida caliente sin mover un músculo. ¿Y todavía esta gentuza me habla de libertad y derechos?. Irse a la mierda, hombre. Roben lo que tengan que robar pero no pretendan encima dar lecciones de criterio.
Pirata (Según el DRAE):
3. com. Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar.
4. com. Persona cruel y despiadada.
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milno brion
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Incómoda normalidad
15 de diciembre de 2010
Uno tenía la mala costumbre de sacar buenas notas de pequeño y esas cosas marcan. Lógicamente para bien pero ilógicamente también para mal, gracias a ese entorno sociológicamente radioactivo que supone las aulas de un colegio. Lo anterior es obvio (por mucho que políticos papistas se empeñen en vivir en Venus) pero uno logró lidiar con ello con cierta dignidad, gracias a la interpretación y el espíritu castrense. Con lo que sin embargo nunca he podido lidiar es con que el entorno familiar asumiera los éxitos, mis éxitos, como normales. Mientras en otras casas presentar unas notas como las mías podrían ser motivo de fiesta nacional en la mía pasaban sin pena ni gloria. Se asumía como algo normal. Solamente se destacaba llegado el caso un pequeño e imprevisto bajón en alguna asignatura (tampoco de forma muy vehemente, para ser justos). “¿Y ese “bien” que has sacado en inglés?”. Con el paso de los años y ampliando la familia real a otros seres sin lazos consanguíneos pero igualmente cercanos, el efecto se ha reproducido en mí de la misma forma con todas y cada una de las cosas que he emprendido en esta vida y que me han salido bien. A ojos y oídos de seres anónimos mis hazañas podrán parecer espectaculares o no pero en el círculo cercano indefectiblemente todo se ajustaba simplemente a lo esperado. Todo entraba dentro de la más absoluta normalidad. “Vamos a dar una gira por California”. “Pues no volváis tarde”. “He publicado un cuento en una revista. - ¿Te pagan?.- No. – Estás haciendo el primo”. “He ganado un concurso de estudiantes y tengo que dar en inglés una conferencia en París. – Menudo gafas que estás hecho”. “He aprendido a tocar varios instrumentos sin que nadie me enseñe.- Es que tienes buen oído, no tiene mérito”. “Acabo de grabar un disco yo sólo en casa tocando todos los instrumentos, editando, masterizando y haciendo el arte gráfico.- Desde luego ahora con los ordenadores cualquiera hace cualquier cosa”.
Por eso entiendo perfectamente (y me repatean) las críticas a Boardwalk Empire, la serie de HBO que acaba de culminar su primera temporada y que me he tragado sin pestañear. Especialmente las críticas después de un episodio piloto que deja a la altura del betún a un alto porcentaje de películas mediocres sobre la mafia encumbradas por alguno a obra maestra y que supone otra prueba más de que el mejor y más atrevido cine comercial contemporáneo se está haciendo por y para la televisión, tuve que escuchar a más de un erudito de pacotilla criticar lo único mínimamente criticable (y espérate tú) en más de una hora de cinta. En un expediente académico con todo sobresalientes y un notable este grupo de iluminados que desprestigia al gremio de los gafotas tenía que fijarse básicamente en el notable obviando todo lo demás con un condescendiente: “si, pero”. Después de más de una hora de personajes perfectamente trazados, historias que crecían entrelazadas, diálogos geniales, ambientación brutal, ritmo apabullante, química cinematográfica en estado puro y sobre todo la inmensa suerte de saber que aquello sólo era el principio de lo que estaba por venir, resulta que a mucho “experto” la serie le dejó fría porque algunos decorados estaban “muy limpios”. Es como salir de un concierto de Wilco diciendo que te ha dejado frío porque Jeff Tweedy llevaba la camisa fuera de los pantalones.
Pero todo tiene una explicación muy sencilla. Por un lado la humanidad (y en concreto la humanidad que habla castellano) ha desarrollado una depurada habilidad para destacar lo malo de los demás por encima de cualquier otra cosa. Mientras en esto somos maestros estamos todavía en pañales sin embargo en cuanto a técnicas orales o escritar para reconocer el mérito de los demás. Cuesta. Duele. Molesta. No es Cool. Es un signo de debilidad que no se puede permitir alguien con opinión cualificada y mucho menos alguien que se cree que la tiene (que no tienen porque coincidir ambas figuras). Todo esto se amplifica todavía más cuando viene de alguien o algo que se espera a priori, por la razón que sea, que va a ser bueno. Que tiene que ser bueno para ser normal. Ese es precisamente el otro pilar de la explicación. Boardwalk Empire es una de las producciones más caras y ambiciosas por parte de una cadena que apuesta por el talento pero que no suele escatimar en recursos como es HBO. Un montón de dinero para hacer la serie, el actor principal es Steve Buscemi, algo así como una de las joyas de la corona de la filmografía underground americana (actor fetiche de los hermanos Cohen, aparece en cintas de referencia como Fargo, Reservoir Dogs o Los Soprano) y el productor y director del episodio es nada menos que Martin Scorsese, alguien que obviamente no necesita presentación. "¿Qué merito tiene hacer una buena serie sobre la mafia con esas premisas?", debe pensar el subconsciente gris del crítico de turno (especialmente si éste mecaniza su lógica a través del idioma castellano).
Pues lo tiene y no sólo no cuesta nada decirlo sino que es de necios no hacerlo.
Me la suda la limpieza del paseo marítimo de Atlantic City y me la suda si se parece o no a como era ese paseo en los años 20 (aunque de momento se parece bastante a las postales y cuadros de aquella época pero eso es algo demasiado retorcido como para que los críticos de cámara reparen en ello).
Me gusta Boardwalk Empire y espero ansioso la segunda temporada.
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milno brion
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Duérmete niño
9 de diciembre de 2010
En cualquier lugar donde vendan libros (y cuando digo cualquier lugar me refiero a cualquier lugar) ustedes pueden encontrar un controvertido ensayo titulado “Duérmete niño”. Si el lector no es un sufrido padre o no aparece cercano al universo de la maternidad moderna (y digo maternidad y no paternidad por algo) probablemente no hayan reparado en dicho libelo pero si no es el caso sabrán que se trata de una obra que despierta tanta admiración como repulsa. La leyenda popular asume que en su interior lo que uno encuentra es un método severo, pseudonazi (han dicho algunos), inhumano (han dicho otros), pero también infalible (según otros muchos) para conseguir que la preciosa criatura de uno se dedique a dormir por la noche de una puñetera vez pero lo que mucha gente no sabe es que ese método radical es el último capítulo del libro. Todo lo anterior es un ensayo (acertado o no, que no entro) sobre como funciona el complicado sueño del bebe. Durante capítulos y capítulos te cuentan a través de todo lo que no hay que hacer y como no hay que educar a los bebes para no tener que llegar al punto en el que se conviertan en una pesadilla y aseguran que si se tiene todo eso en la cabeza el método nazi no es necesario. Es decir, sólo en casos de mala educación asentada y aprehendida, cuando todo está enquistado de forma perenne hay que utilizar métodos radicales.
El tema de los controladores aéreos que ha puesto patas arriba este país yo lo interpreto de la misma manera. No consiguen darme pena todas las declaraciones ni blogs de controladores que he escuchado y leído (y prometo que son unos cuantos) porque se fundamentan en una parte concreta de la historia. En concreto usan la parte de la historia que les interesa. Si a mi me dicen sin más que a un colectivo de trabajadores les inhabilitan un convenio colectivo firmado por las dos partes, que les cambian de un día para otro el número de horas laborales anuales o que las horas de baja médica no se computan como horas laborales pues uno, que es trabajador y sensible a los derechos laborales, sentiría empatía por el colectivo afectado. El problema es que la fotografía hay que ampliarla para entenderla.
El problema de los controladores en España es como el del oro o el petróleo o los cuadros de Miguel Angel. Que hay pocos. Si en el mundo hubiese tanto oro como cemento el oro no valdría nada o más concretamente valdría lo mismo que el cemento. Si todo el mundo tuviese un Miguel Angel colgado en la pared de su casa costarían lo mismo que una lámina comprada en el IKEA y si hubiese tantos controladores como la demanda pide entonces serían simplemente otro colectiva más, ni mejores ni peores, como los médicos, los ingenieros, los abogados, los policías o los reponedores del Pryca. Ese es le quid de la cuestión, que a base de chantajes a la administración (de uno y otro color), a base de amenazas de montar la que montaron, el colectivo de controladores ha ido forjando durante décadas una leyenda que no era tal. Un representante de tan prestigioso grupo decía el otro día con desprecio que ellos no eran “reponedores del Pryca” y yo, que no soy reponedor, me sentí ofendido. Me sentí ofendido porque siempre he detestado la mirada xenófoba del que se cree intelectualmente superior. Especialmente cuando no es el caso. ¿Quien es usted, señor controlador? ¿Acaso ha estudiado más años que yo? ¿Tiene un coeficiente de inteligencia más alto? ¿Tiene algún tipo de cualidad que yo no tenga? Lo dudo. ¿Es la profesión de controlador más importante que la de médico? ¿Por qué entonces los segundos cobran miserias después de estudiar seis años (mínimo), más el MIR, más las prácticas y además tienen que hacer guardias de 24h seguidas mientras los primeros pueden tener su puesto de trabajo en algún aeropuerto canario y perfectamente vivir en Madrid (porque mejor no hablar de dinero)? Es sencillo. Mientras que médicos, a pesar de la dificultad y dureza de la carrera, hay a patadas los controladores, que necesitan un curso de poco más de un año no hay apenas. ¿Por qué no hay? Es evidente. Si los médicos pudiesen controlar en número de médicos que obtienen el título, las horas que tienen que trabajar y el sueldo que tienen que cobrar serían también los reyes del Mambo. Hasta los reponedores serían los reyes del Mambo con esas herramientas.
Por eso no me vale tampoco juzgar ahora los métodos empleados por el estado como si los hubiesen empleado con el colectivo de auxiliares de clínica. Si de repente al estado le da por suspender convenios no a colectivos que están exageradamente fuera del mercado (y que además viven del estado) sino a cualquiera, si el gobierno decidiera militarizar las clínicas dentales, o los pasillos del Carrefour, o las agencias de viajes o las oficinas de ingeniería pues estaríamos hablando de otra cosa y puede que tuviese sentido rememorar las épocas de milicos y del “ordeno y mando” pero que quieren que les diga. Me parece muy de cogérsela con papel de fumar el juzgar las excepciones como norma general. Si llevamos 20 años maleducando al niño lo mismo no funciona eso de ponerse ahora a razonar...
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