Treme

28 de junio de 2010

Un amigo de hace muchos años, estudiante de arte él, me contó una vez una de sus enseñanzas en clase de escultura que se quedó grabada en mi memoria para siempre. La misma enseñanza la he visto luego en películas y leído en sesudos artículos de intelectual pero no por ello ha dejado de seguir resultándome inquietante. Mi amigo decía que cualquier trozo de mármol puede ser el David de Miguel Ángel. Lo “único” que hay que hacer para que deje de ser una piedra sin valor y convertirse en una de las piezas de arte más cotizadas de la historia es retirar el material que sobra. Puede parecer una estupidez o una aseveración con trampa pero a mí sigue resultándome muy interesante pensar que el mismo trozo de material puede ser arena fina, una ruina tirada en cualquier parte, una escalera, una encimera o una sublime obra de arte. Todo depende de cómo se manipule, como se trate y en qué contexto se exponga. Supongo que ahí está la gracia del arte, en saber mezclar palabras, los colores, las formas, las notas musicales o los fotogramas.

La televisión, como los cuchillos, la morfina o el idioma alemán, no es algo bueno ni malo por naturaleza. Como el mármol, y aunque pueda resultar difícil de creer sintonizando cualquiera de los miles de prescindibles canales aburridos que tenemos la “suerte” de poder sintonizar hoy en día, la televisión puede ser vehículo de las mayores atrocidades pero también, créanme, de auténticas maravillas.

Probablemente desde que alguien decidió asumir que no todo lo que sale por la “pequeña” pantalla tiene porque gustar a todo el mundo y decidió apostar por la calidad, por el talento para las series de televisión para acabar inventándose una cosa llamada HBO, hace tiempo que algunos creadores de televisión decidieron quitarse el estigma de género chico que llevaban durante años para darle la vuelta a la tortilla. No soy el único que piensa que el mejor cine contemporáneo se está haciendo precisamente en determinadas series de televisión creadas explorando con valentía las posibilidades de un formato distinto, al margen de la rabiosa actualidad, el Share a toda costa, los mentirosos criterios comerciales y los complejos televisivos del “hecho para toda la familia”. A pesar de ello resultan ser rentables y gustan a un montón de gente. Increíble. Artefactos sublimes como los Soprano, The Wire, Mad Men, West Wing, Six Feet Under,… están a años luz de los equivalentes éxitos cinematográficos del momento. Al menos esa es mi opinión.

Pero la última de las perlas que ha venido a sumarse a esta pléyade de maravillas y que acabo de terminar de ver en su primera y flamante temporada me ha tocado especialmente la fibra. Estoy hablando de esa pequeña obra maestra llamada Treme. Vale que tenía una pinta excelente, vale que el tema era muy interesante para mí, vale que es HBO y vale que en la creación participa uno de los creadores de The Wire pero jamás podía pensar que me fuese a calar tan hondo.

Si tuviese que explicar de qué va esta serie lógicamente diría que trata sobre las personas que viven en New Orleans después del Katrina, de sus miedos, sus inquietudes, sus problemas, sus desdichas. No esperen sesudos enigmas sin solución, historias increíbles o acción trepidante. Cocineros, abogados, camareros y sobre todo músicos se entremezclan en un pausado y delicioso collage que tapiza la pantalla de color, olor y sabores desconocidos. Efectivamente la serie trata sobre eso pero el verdadero protagonista es sin embargo el fascinante, misterioso y para muchos desconocido espíritu de la legendaria ciudad de New Orleans (cuna del Jazz) que deambula herido y moribundo en desigual lucha contra la era de la especulación. La serie es tan rica en matices que escuece. Está tan bien documentada que sin fanfarronear y con extrema elegancia abruma de lo bien que se pueden hacer las cosas porque además, lejos de aburrir abrazando el formato documental o el sesudo formato para intelectuales, eleva el concepto de sencillez, de literatura, de inteligencia, de cinematografía, de ambiente, de ritmo,… hasta la máxima categoría.

Si el corazón es el espíritu negro de la ciudad (Treme es uno de los barrios negros con más solera), el alma de la serie es la música, la variada, imaginativa, peculiar y fantástica música que destila una ciudad en la que todo lo que caía se quedaba. Podría estar viendo la serie en un idioma completamente desconocido que simplemente por escuchar la música con los ojos abiertos viendo los garitos, las calles y las caras de New Orleans merecería igualmente la pena.

¿Tan difícil es hacer algo así que en nuestro país no hay nadie capaz tan siquiera de intentarlo? Me temo que la respuesta no es tan evidente y presenta varias lecturas. Efectivamente debe ser difícil porque más que dinero lo que hace falta es talento. ¿Significa eso que aquí no tenemos talento? Nada más lejos de la realidad. Lo que ocurre es que aquí el talento se desprecia en pos de otras opciones más inmediatas y fáciles de justificar cuando fracasan.

Cuando en España alguien presenta un proyecto de serie para televisión se le piden dos cosas: la primera es que se parezca a algo conocido y con éxito. ¿A quién le puede interesar una copia de Falcon Crest o de Lost o de Friends si están las originales? La segunda es que tiene que cubrir todo el espectro al mismo tiempo: padre, madre, abuelo, niño, amigo homosexual, chicas guapas y ligeras de ropa, chicos guapos y bien peinados, risas, lloros, corrección política….

Así nos va.

Gracias a Dios hoy por hoy las fronteras tienen menos sentido que nunca y aunque hablen en otro idioma yo prefiero vivir en Treme.

Historias de la reforma laboral. Juan el banquero informático.

22 de junio de 2010

Juan siempre fue un buen muchacho pero nunca un gran estudiante. Su padre había conseguido ganarse la vida sin pasar por las escuelas a base de esfuerzo y trabajo y no tenía demasiada fe en eso que en los periódicos llamaban universidad. Cuando Juan le llegó con la cantinela de que al año siguiente tenía que elegir ir al instituto para prepararse para la universidad o buscarse una alternativa su padre le dijo que en la vida tenía que haber de todo y no sólo médicos y abogados. El padre de Juan era mecánico de coches pero a Juan eso no le gustaba así que de entre las opciones que podía elegir por la vía de la Formación Profesional decidió el módulo de contabilidad y administración orientado fundamentalmente a personal de banca.

Juan sacó su titulo con diligencia y llegó incluso a gustarle su oficio pero lamentablemente nunca ha podido ejercerlo. Solicitó y realizó entrevistas de trabajo en todos los bancos, cajas y entidades financieras pero en todos y cada uno de los casos fue rechazado por no estar preparado o existir “candidaturas mejores”. Todos esos puestos están hoy ocupados por licenciados en economía, en empresariales e incluso por otros licenciados como físicos o matemáticos. No hay sitio para los profesionales de la sarcásticamente denominada Formación Profesional.

Mientras Juan “disfrutaba” de ese periodo de paro sin cobrar paro que supone el tiempo que tardas en conseguir tu primer empleo estuvo echando una mano en el taller de su padre pero no dejó de pensar en el futuro y se dedicó a dar cursos de informática. Al cabo de un tiempo consiguió entrar en una empresa de tamaño medio para realizar las labores de mantenimiento informático lo que supuso una gran alegría en casa. El sueldo era sumamente bajo pero al cabo de unos años y con la ayuda de sus padres consiguió dar la entrada para un minúsculo piso a 30km de dónde había vivido toda su vida (que es el sitio en el que le hubiese gustado seguir viviendo).

Al cabo de unos años sin embargo desgraciadamente se confirmaron los rumores que venían sonando casi desde que Juan firmó su contrato (que indirectamente hacían que Juan y otros se mordiesen la lengua cuando llegaba la ridícula subida de sueldo anual) que no eran otros que la empresa, en su plan de optimización para aumentar beneficios, decidía prescindir de los trabajadores en nómina que se dedicaban al mantenimiento informático tomando la “sabia” decisión de subcontratar ese servicio. Outsourcing lo llamaban eufemísticamente. Juan fue despedido pero apenas estuvo unos días en paro ya que fue contratado precisamente por la empresa que había sido adjudicataria del servicio de mantenimiento. Curiosamente tenía los mismos compañeros. En apenas unas semanas Juan seguía haciendo el mismo trabajo que antes con la diferencia de que el sueldo era más bajo, las prestaciones sociales de antes habían desaparecido, la jornada continua de los veranos había desaparecido y dónde antes había un contrato indefinido ahora había un contrato por obra.

Hace unos meses despidieron a Juan. Uno de sus compañeros denunció recientemente a la empresa por su estado precario (contratos por obra que se renovaban hasta el límite, chanchullos para despedir y volver a contratar,…) y ganó el recurso así que la empresa ha decidido despedir a los que estaban en su misma situación para evitar problemas. No les ha costado un duro de momento pero les costará porque todos lógicamente lo han denunciado.

Desde entonces Juan es incapaz de encontrar trabajo. Su título de FP no le vale para nada y menos que le va a servir porque ya tiene una edad como para no ser principiante. En el sector que tiene experiencia resulta que la “moda” es ahora contratar con condiciones de becario a chavales recién salidos de las escuelas de informática que no encuentran nada en otro sitio y hacerlo además por sueldos mucho más bajos que hacen que en poco tiempo se marchen. Los usuarios se quejan amargamente del servicio pero ni a la empresa cliente ni a la empresa suministradora parece afectarles demasiado.

Juan está muy sorprendido ante la inminente reforma laboral porque tiene la sensación de que de haber estado vigente hace un año hubiese ocurrido exactamente lo mismo pero él hubiese cobrado encima mucho menos de indemnización. No tiene la sensación de que el sector tenga mucha pinta de cambiar abaratando todavía más el despido. Tampoco tiene la sensación de que la empresa para la que estaba trabajando (sus números, no sus trabajadores) lo esté pasando especialmente mal.

Juan siempre había declarado ser de izquierdas. Ahora se siente más cómodo en el No sabe, No contesta.

Historias de la reforma laboral. Paco el ingeniero.

17 de junio de 2010

Paco es un ingeniero de brillante expediente que trabaja en una empresa de ingeniería haciendo proyectos para las grandes empresas energéticas, un sector en el que las compañías llevan décadas multiplicando sus beneficios. Su empresa, sin llegar a los números de sus clientes, también es capaz de dar rentabilidades por encima del crecimiento normal del país o al menos así era hasta hace dos años. El sueldo de Paco lleva sin embargo diez años subiendo al mismo ritmo del IPC (en algunos ejercicios incluso por debajo) aunque ello no es óbice para tener que trabajar más de 40 horas semanales, llegar a su casa a las mil, desplazarse a países peligrosos en condiciones ambiguas, no poder tomarse más de dos semanas seguidas de vacaciones y llevar una blackberry disponible las 24h del día. Paco ha intentado cambiarse de empresa muchas veces lo cual es tremendamente difícil por la cruel razón de que hay más demanda de empleo que oferta pero es que además cuando lo ha conseguido se ha encontrado básicamente con las mismas condiciones consiguiendo pequeños beneficios (algo más de sueldo) sólo a base de renuncias sociales (renunciar a la jornada continua, salir del convenio, echar más horas gratis, exclusividad,…). Todo eso hace que aun siendo visto por la sociedad como un privilegiado y por el gobierno como un “rico” apenas pueda ver a sus hijos a diario y estos desgraciadamente tienen que criarse con los abuelos, los tíos o quien sea que pueda acudir en ayuda ya que su mujer tiene también que trabajar para entre los dos poder pagar la brutal hipoteca a 30 años, el colegio concertado de la niña que a pesar de supuestamente ser concertado resulta que hay que pagar de extranjis (se quedaron fuera de los colegios públicos por tener nóminas de empresa auditables y no tener el cuajo ni los amigos necesarios para engañar a la administración como es habitual), la guardería del pequeño (como los dos tienen nómina y no son autónomos es imposible entrar en una pública), la gasolina del coche necesaria para llegar a un puesto de trabajo localizado en un sitio fuera de la ciudad y sin transporte público, además de otra serie de “lujos” para ricos.



Paco está preocupado porque a pesar de llevarse bien con todo el mundo el ambiente en el trabajo es cada vez peor dadas las condiciones leoninas y desequilibradas de los que allí están y porque los proyectos se tienen que hacer cada vez en menos tiempo y con menos dinero. Curiosamente y a pesar de ello tanto su cliente como su empresa siguen aumentando los beneficios año tras año. Paco sabe que eso de hacer las cosas mejor y en menos tiempo es ley de vida pero mientras los ingleses, americanos, alemanes,… que trabajaban en lo mismo decidieron en su día apostar por la especialización, el valor añadido, la formación y la calidad como elemento diferenciador que les hiciera competitivos con países emergentes que competían en precio con ellos (España en los años 90 por ejemplo) en España, que somos diferentes, se decidió apostar por lo rápido que es seguir igual pero rebajar los costes (peores empleados, sueldos más bajos, más horas pagando lo mismo,…) y seguir compitiendo a base de tarifas bajas. La aparición de países emergentes con niveles de vida muchos más bajos que el nuestro pero de similar capacidad técnica hacen ahora la situación cada vez más crítica porque ellos siempre harán lo mismo y más barato hasta que nuestros niveles de vida se equiparen. Al gobierno todo esto le dio y le da igual y de hecho unos y otros se dedicaban a sacar pecho como locos de lo bien que se vive en este país y lo listos que somos.



Paco está preocupado todavía más porque se ha dado cuenta de que la situación es crítica. Las grandes petroleras en este país han decidido no invertir para mantener sus beneficios y las empresas que viven de ello se han quedado sin su ración de leche en polvo. Es más, las que si ponen algún dinero parece que prefieren gastarlo con empresas de otros países puesto que las españolas han dejado de ser competitivas al tener como único elemento diferenciador el precio por hora de ingeniería que ofertaban que resulta que ya no es tan barato o al menos tan barato como otros que hacen lo mismo de la misma forma. Algunas empresas del tipo de las que trabaja Paco se plantean salir fuera de España pero se dan cuenta de que saben hacer lo mismo que todos y que la competencia de coreanos, chinos, indios,… es brutal y no tienen nada que hacer. Es tarde además para cambiar o aprender a ser de verdad diferentes. En los únicos sitios donde aparentemente es plausible conseguir trabajo las condiciones son tan leoninas que es fácil que acaben incluso perdiendo dinero.



Pero Paco está también contento porque el gobierno va a solucionar el problema haciendo una reforma laboral de forma que la contratación sea más “ágil” y el despido más sencillo y barato. Tal y como está la situación Paco duda de que su empresa se atreva a contratar a nadie sin tener trabajo, que es exactamente lo mismo que hacían antes de la reforma laboral, pero no tiene ninguna incertidumbre al respecto de lo que va a ocurrir en los próximos meses. Ese rumor que se escuchaba últimamente en los pasillos de que se quería despedir al 5% de la plantilla y que no se llevaba a cabo por el alto coste de la operación se va a confirmar como un hecho fehaciente al ser ahora más barato. Sin duda será una medida que afectara al beneficio de la empresa que logrará así malvivir otro ejercicio más. Con ese panorama no parece sin embargo probable que aparezcan empresas competidoras en las que pudieran colocarse los señores en paro y poder comprobar así la sutil agilidad para contratar personal que ofrece la nueva reforma.



Si antes, con lo difícil que estaba ya el trabajo en este país y la seria amenaza del despido, Paco tenía que aguantar las estupideces e impertinencias de su jefe, salir todos los días a las 20:00 ocurra lo que ocurra, responder las llamadas de teléfono estando de vacaciones o en fin de semana, contestar mails a cualquier hora, viajar a dónde haga falta en las condiciones que sean, disminuir hasta desaparecer el gasto de la empresa en formación, aceptar subidas por debajo del IPC (al estar fuera de convenio), aceptar trabajos para los que no está preparado, aceptar programaciones que son imposibles de cumplir, asumir más trabajo del que puede hacer incluso con la jornada extendida,… ahora, con la nueva reforma laboral la lista se completará y se ampliará con elementos fuera del alcance de la imaginación humana.





Nota: En EEUU o Australia un ingeniero como Paco sale a las 17:00, cobra un sueldo mucho más alto (desde el punto de vista relativo y también absoluto) y a la primera gilipollez de su jefe se va a otra empresa de la competencia en la que le ofrecerán como mínimo lo mismo. En esas condiciones parece mucho menos preocupante el tema del coste del despido.



Epilogo: Consigue primero la comida y preocúpate después por la cantidad que se pone en cada plato.

Historias de fútbol

11 de junio de 2010

Supongo que a estas alturas de la película el atento lector estará a punto de olvidarse la tasa de paro cercana al 20% (¿alguien es capaz de creerse que un país puede tener a 2 de cada diez personas sin trabajo y que no existan episodios criminales de asalto todos los días por las calles?), la “inevitable” reforma laboral “progresista” con las que el gobierno nos va a premiar (si ahora hay que quedarse hasta las 20:00 gratis porque el jefe lo dice me temo que a partir de ahora el horario y los “esfuercitos” tendrán que ampliarse proporcionalmente), los casos de corrupción (tres de cada dos altos cargos están tocados) y demás minucias para centrarse en lo verdaderamente importante hoy por hoy que no es otra cosa que el mundial de fútbol de Suráfrica.

Nada más lejos de mi intención que perturbar el tiempo y la voluntad del atribulado lector con arengas que obliguen al cerebro a pensar en otras desgracias. Para nada. Estás letras vienen modestamente a cuento porque me apetecía ampliar el espectro del imaginario mundialista con otras interesantes propuestas y es que, sarcasmos aparte, una cosa es el fútbol y otra cosa es ese engrudo chabacano y casposo diseñado para tipos con grandes déficit de capacidad cerebral que venden AS, MARCA y prácticamente el 100% de los medios de comunicación patrios (desconozco si la enfermedad es extrapolable a otros lares). Todo esto, por cierto, se lo dice un aficionado al fútbol que no tiene ningún problema de decirlo y salir del armario. Eso si, soy aficionado al fútbol pero no ha ese lamentable sucedáneo que tenemos que tragar por narices y a todas horas como si nuestro hígado estuviese dedicado a convertirse en paté.

Si a estas alturas usted no conoce la obra escrita de Enric González debería hacérselo mirar e inmediatamente después debería solucionar tamaña desgracia. Los libros de viajes del corresponsal de EL PAÍS, Historias de Londres, Historias de Nueva York y la recién nacida Historias de Roma, son como gotas de oro líquido en un mar de barro. Son de los pocos libros que me he leído más de una vez y también de esos que sólo el cansancio te impide acabar de una tacada (aunque desgraciadamente sean bastante cortos todos ellos y es fácil hacerlo). La originalidad, la agudeza y la emotividad con las que logra envolver cosas sobre las que el resto de la humanidad pasamos sin darnos cuenta es tan genial que duele. Tan sencilla que parece imposible. Pues bien, extiendan todo eso al aparentemente simple y tosco mundo del fútbol y se toparan con esa maravilla de las letras relacionadas con el deporte rey que es Historias del Calcio. En esa deliciosa y elegante delicatesen se agrupan las crónicas que el periodista mandaba desde Roma sobre la liga italiana cuando estuvo destinado allí de corresponsal. Olvídense de encontrarse con los tópicos del fútbol (eso del somos once contra once, la zona medular, hay que seguir luchando, fútbol es fútbol, el achique de espacios, abrir a la banda,…) y prepárense para degustar pequeñas y sentidas historias sobre los pilares que hasta hace poco se sustentaba este monstruo de masas: pasión y romántica locura.

Enric González se encuentra actualmente destinado en Israel como corresponsal de El País en uno de los lugares más conflictivos pero también más interesantes del planeta desde el punto de vista sociológico y cultural. Espero que continúe la tradición de escribir un libro sobre la ciudad en la que vive. Desde allí escribe periódicamente en la actualidad un interesantísimo blog que va a estar interrumpido durante el mes que dure el mundial de fútbol. La razón es que el periodista acaba de poner en funcionamiento “Dibuje, maestro” un nuevo blog de fútbol al que prometo engancharme con avidez y disciplina. Simplemente leer el post introductorio me ha hecho recordar la razón por la que una vez me hiciese aficionado a este controvertido deporte en el que ahora me siento en minoría como aficionado.