De listos y de tontos

15 de febrero de 2011

Hace unos días apareció por la escena patria esa especie de salvadora del ultracapitalismo que es la señora Merkel, la actual Canciller alemana. Como ustedes sabrán Alemania es un país federal soberano cuyas fronteras se han movido demasiado a lo largo de la historia pero que unánimemente aparecen hoy en los mapas bastante alejadas de lo que conocemos por España. Es decir, cuando se habla de PIB alemán o balance de exportación-importación alemán o economía alemana me temo que no se están teniendo en cuenta la labor de los españolitos más que, y en el mejor de los casos, como actores secundarios. Aun así, la tal señora Merkel, que a día de hoy y que yo sepa no ostenta ningún cargo ejecutivo dentro de la unión europea, se dio una vuelta por la folclórica piel de toro para repasarnos la lección, ver si nos sabíamos de carrerilla la lista de los reyes Godos y para soltar tres o cuatro soflamas que los ciudadanos supuestamente autónomos del reino de España tenemos cumplir.

La tal Merkel no se limitó a decir que las empresas españolas tienen un déficit importante de competitividad, cosa que no es que ya sepamos sino que es evidente, sino que con la altivez del que se sabe superior se aventuró a decir cómo se corrige fácilmente ese pequeño desliz: reducción de los salarios. Supongo que la señora Merkel estará de acuerdo conmigo en que a pesar de uno no ser alemán genéticamente tengo supuestamente la capacidad para razonar, pensar y llegar a conclusiones correctas por mí mismo. Me asustaría mucho (a mí y a muchos otros ciudadanos del mundo) pensar que la señora Merkel no está de acuerdo conmigo en esto. Hagámoslo pues. Profundicemos en el concepto de competitividad, en la capacidad de competir, porque no se trata exclusivamente de que tu producto sea el más barato del mercado sino de que sea el que se vende más fácil.

Según la wikipedia la competitividad depende de cuatro factores (ya vamos ampliando el espectro): calidad, productividad, servicio e imagen. Calidad, servicio, imagen… es decir la satisfacción del consumidor. El pasado 24 de diciembre hice dos pedidos de internet haciendo exactamente lo mismo, rellenar los datos y facilitar una tarjeta de crédito. El primero era un pedido de tres libros solicitados a La Casa del Libro el otro un bajo eléctrico y un ukelele solicitado a una empresa alemana llamada Thomann. Ambas empresas dicen respetar un sistema de calidad homologado (¿significa eso que tienen la misma calidad?) y obtienen o han venido obteniendo beneficios. Los pedidos eran regalos para reyes pero dada las fechas tenía dudas de que llegaran a tiempo, especialmente el inmenso paquete que venía de algún sitio de Alemania. El bajo y el ukelele (desde Alemania a Madrid) llegaron el día 4 de Enero. Los libros (desde Madrid a Madrid) lo hicieron el día 20. En el caso alemán al día siguiente de hacer el pedido tenía un teléfono particular y una persona física de contacto telefónico, un informe detallado del estatus del pedido y un tracking del mismo. Modifique el pedido a mitad del proceso y no tuve problema alguno. En el caso español jamás tuve nada de eso (el supuesto tracking estuvo en estado “en proceso” desde el día siguiente hasta que llegó y nadie sabía nada) y fue imposible hablar con nadie. Investigando sobre el tema la plantilla de los alemanes era acorde al servicio que decían ofrecer con personal cualificado (¡mi persona de contacto además de saber de música hablaba español!) y tenía un sueldo acorde al lugar dónde viven y el trabajo que hacen. En el caso español el servicio lo prestaba personal que además tenía que hacer otros servicios, estaban saturados, no existía ningún refuerzo para la campaña de navidad, el personal no tenía ninguna cualificación especial, era de contrato por obra y el sueldo era mileurista (trabajando en Madrid que como todos sabemos es una ciudad de nivel europeo). Insisto, ambas empresas obtienen beneficios pero la calidad de la española es una mierda y por ende afecta a su competitividad (jamás volveré a pedirles por mucho que bajen los precios). ¿De verdad cree la señora Merkel que esto se solucionaría bajando el sueldo al señor que atiende los pedidos de La Casa del Libro? ¿No sería más fácil pagarlo dignamente para que esté contento, planificar una plantilla acorde con el servicio que quieren prestar para que sea productiva y ajustar los beneficios de la empresa para que siendo positivos lo anterior pueda ser viable?

Productividad, producir más con menos recursos. Cuando servidor estuvo trabajando en Holanda, al segundo día que se quedó en la oficina más allá de las 17:00 fui llamado por el director general. Me preguntó la razón de quedarme más allá del horario laboral y yo contesté lo más sinceramente que pude que era la costumbre en mi país. Me estaban “regañando” por algo que me habían enseñado a asimilar como algo por lo que ser premiado. Aquel hombre, mirándome como si fuese ciudadano del Zaire, me dijo algo que se me quedó grabado en el alma: “si te quedas más tiempo sólo puede ser por dos razones o porque te hemos dado más trabajo del que puedes hacer en ese tiempo, fallo nuestro al habernos equivocado en la planificación y asignación de recursos, o bien porque tienes menos capacidad de la que dices tener para tu puesto.” En realidad no era ninguna de las dos razones. Era ciertamente una cuestión de costumbre. Me quedaba porque en España lo normal era quedarse sin mayor explicación. En España lo normal es salir de trabajar después que se marche tu jefe y lo normal es que tu jefe se marche a casa cuando sus hijos ya están bañados. Lo normal en España es que la gente salga muy tarde y por eso mientras en Alemania a las 19:00 ya han terminado de cenar en España es hora punta en las carreteras de vuelta. No debe ser por tanto una cuestión de horas en la oficina. Lo normal en España, tengas la cantidad de trabajo que tengas, es salir a las tantas porque eso además será síntoma de productividad y buen trabajador. Eso te servirá para escalar en la empresa. Por eso da igual que el café de la mañana o el de la tarde o el tiempo que tarde en comer sea largo o corto. Saldrás a la misma hora. Por eso las reuniones pueden derivar en un patio de vecinos o salir después de dos horas con el compromiso por escrito de que hay que volver a reunirse. Da igual, hagamos lo que hagamos saldremos a la misma hora. En España un muchacho mileurista que como es mileurista tiene que vivir a varios kilómetros del transporte público tendrá que levantarse con las gallinas (antes incluso que los alemanes) para no pillar atasco y llegar en algo más de una hora al lugar donde trabaja porque así están planificadas las ciudades en este país. Tendrá que quedarse ahí haciendo cualquier cosa (porque eso de los procedimientos y la planificación es algo para vagos que no tiene nada que ver con la competitividad) hasta que a su jefe le salga de los mismísimos. ¿De verdad creen la señora Merkel y palmeros que bajándole el sueldo al mileurista y obligándole a estar más horas en la oficina aumentará la productividad? ¿No sería más fácil hacer una planificación del trabajo más eficiente que respete las previsiones, que elimine las reuniones absurdas, que elimine las dos horas para comer que necesitan los directivos y que el beneficio de las empresas redunde linealmente en el sueldo de sus trabajadores?

Porque esa es otra muy buena. Mientras las principales empresas españolas tienen y han tenido beneficios históricos (en tiempos de bonanza pero también después) resulta que los trabajadores de esas mismas empresas han perdido en todos esos años poder adquisitivo. ¿Y resulta que ahora la solución es que esos mismos trabajadores sigan bajándose el sueldo?

Me temo que la señora Merkel lo que quiere, y hace bien, es que los españoles seamos una especie de almacén de carne barata y fresca a la que poder recurrir si la necesitan. Como la India pero más cerca. Outsourcing lo llaman. Los españoles coseremos por cuatro duros las botas que venderán los alemanes. Es lícito que ese sea el planteamiento de alguien que al fin y al cabo es un país extranjero pero no entiendo que lo sea el de los supuestos liberales patrios o de los patéticos políticos que no dejan de ser el mismo perro con distinto collar. La única explicación es la que me dijo una vez un señor jubilado en una parada de autobús: España ha sido, es y será un país de capataces y peones. De señoritos y sirvientes. De listos y de tontos.

Honor, orgullo y dignidad

2 de febrero de 2011

Desde la atalaya elitista y racista que compone esta especie de urbanización privada que de forma petulante denominamos “civilización occidental”, esa que ha llegado a desarrollar esta especie de hiperdemocracia televisada donde el Gran Hermano es un ente amorfo y oscuro llamado “mercados” y donde el desarrollo intelectual ha ido evolucionando de forma oblicua hasta alcanzar su máximo grado de desarrollo en cosas como, por ejemplo, la parrilla diaria de Telecinco, asistimos de forma anonadada e incomprensible a la revuelta de esos señores sucios y pintorescos que nos venden cosas en nuestros bonitos viajes organizados por el Nilo (¡qué civilización más interesante la de los Egipcios, Mari!).

Desde la comodidad de nuestro sillón de tres cuerpos y disimulando el engorro que supone los reflejos en la pantalla del ipad analizamos con la capacidad que nuestra occidentalidad nos otorga la revuelta de un pueblo del que hasta hace una semana no teníamos ni idea de que existía, al estar incluido en la genérica categoría de “moros”. Hace un mes Egipto era ese sitio dónde estaban las pirámides (y poco más) pero hoy todos conocemos a Mubarak. Es lo que tiene la inmediatez de la noticia. Es lo que tiene la rabiosa actualidad.

Hace un mes nadie se rasgaba las vestiduras (mucho menos nuestros occidentales políticos) por el “régimen político” que existía en Egipto (o el Tunez o en Libia o en Marruecos o en Yemen o en Arabia Saudita o en Bahrain o en los Emiratos Árabes o en…) ni a nadie le parecía raro que esos señores bien bronceados que de vez en cuando venían por aquí (o por la casa blanca) a pegarse abrazos y apretones de manos con nuestros propios y bronceados “jefes de Estado” llevasen en ese puesto tanto tiempo (o más) que nuestro querido y democrático Rey. Ahora el mundo descubre atónito que todos esos regímenes, alimentados y pulidos por la todopoderosa sociedad occidental, tienen más que ver con lo que se viene conociendo como dictadura que con otra cosa. Países ricos en recursos (algunos de ellos muy ricos), geográficamente estratégicos (algunos muy estratégicos) y con una historia compleja y complicada (algunos de ellos muy compleja y muy complicada) aparecían ante los ojos del mundo como naciones iguales, “estables”, obedientes y “amigas”. Curioso. ¿Quién podía reparar en la dramática falta de libertad, el obsceno abuso de poder y el lamentable reparto de la riqueza que se estaba produciendo (y se produce en esos mismos sitios)? Total, si no daban problemas es que todo iba bien.

Pues resulta que no. Resulta que un millón de personas están ya hasta las pelotas y han salido a la calle para decirlo. Nosotros podemos salir a la calle a gritar contra Zapatero o Rajoy o Miguel Angel Gil sin miedo de que un tanque te vuele la cabeza pero allí no parecía estar tan claro. Sin embargo ahí están ellos, jugándose la vida y aquí estamos nosotros, en casa viendo “El Barco”. Aquí lógicamente no lo entendemos y buscamos explicaciones “lógicas” para ojos occidentales. ¿Quién está detrás? ¿Alguien tiene que pagar todo esto? ¿Tiene que existir un cabecilla con dinero y televisiones detrás? Pues parece que no es así.

Desde este cementerio acolchado que nos hemos construido es inconcebible que nadie proteste por nada (a no ser que le digan que lo tiene que hacer). Aquí no se protesta, hombre. Nuestra desarrollada civilización ha completado un sistema en el que todo se delega. Desde el ocio a la ideología. Desde el placer a la administración. Desde la inteligencia a la voz. Todo se delega. Si no sale por la tele es que no interesa. Si no suena en los cuarenta principales es que es una mierda. Si me joden en el trabajo que protesten los sindicatos (que por cierto son unos vagos y maleantes). Si el niño ha suspendido siete de siete la culpa es del gobierno, como dice intereconomía, y ni mucho menos me planteo que mi niño es un vago o que yo paso de él como de la mierda. Aquí se huye de eso tan cansado que se llama pensar y se asume que son otros los que lo hacen (o mejor dicho, los que lo tienen que hacer). Vemos lo que nos dicen que hay que ver, leemos lo que nos dicen que hay que leer y escuchamos lo que nos dicen que hay que escuchar. Protestamos sólo cuando nos dicen que protestemos. La preocupación fundamental es la fecha en la que pueda conseguir ese Audi que me permita mostrarme en público como un tipo con estatus. La culpa es siempre de otros y son otros siempre los que tienen que hacer las cosas. Bastantes problemas tengo yo como para “perder tiempo” en protestar.

Pero claro, en Egipto está varias décadas por “detrás”. En ese lugar que los engreídos afirman “no estar preparado para la democracia” conducir un Audi es una cuestión de ciencia ficción para todos menos para los amigos de occidente. Una solemne gilipollez cuando tengo que trabajar 24h al día sin seguro y sin papeles para poder alimentar al mi familia. Cuando mi casa prefabricada e ilegal que he construido con mis propias y encallecidas manos está a menos de 100m de uno de los hoteles más lujosos del hemisferio norte del que entran y salen los “amigos” del gobierno corrupto, ese que me mete en la cárcel si escribo un blog de política. Es difícil entenderlo con la calefacción permanentemente a 24ºC pero con frío y hambre la dignidad y el orgullo, eso que a los occidentales no nos ha costado absolutamente nada regalar, se agudizan y hasta los cobardes se vuelven valientes.

Salvando las distancias y poniendo cada cosa en su justa medida me temo que a este lado del estrecho se producen tantas injusticias y corruptelas como allí pero me temo que nuestras mentes calentitas están ya demasiado bien tamizadas y aleccionadas en la cultura de “tú en tu casa” como para planteárselo. Los egipcios no creo que sean mejores que nosotros (ni que nadie) pero cuando no tienes nada que perder o lo que tienes que ganar entiendes que es bastante más importante que lo que pierdes se agudiza el ingenio, disminuye la capacidad de aguante y aumentan las ganas de cambiar las cosas. Entonces se hacen cosas por honor, orgullo y dignidad. Especialmente si llevas décadas soportando un régimen dictatorial represivo y sangriento que te anula como individuo.

Nosotros los españoles deberíamos saberlo bien. Mejor que nadie.

Pero que pronto se olvidan las cosas si puedes ponerte a los mandos de un Audi o un monovolumen de diseño, twitear gilipolleces en el iphone 4 y pasar la tarde del sábado en el centro comercial. ¿Quien se plantea nada en esas circunstancias?